La psicología apunta a que los niños de los 60 y 70 no eran más fuertes por la crianza, sino por la autonomía cotidiana que vivían

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  • Un metaanálisis de 2023 de la Universidad de Wisconsin-Madison con 52 estudios asocia la sobreprotección con más ansiedad y depresión en jóvenes, sin demostrar causa

  • El juego libre y la movilidad independiente aparecen ligados a la autorregulación, aunque la evidencia todavía tiene matices

Redacción Vitónica

Editor

Si te criaste en los años 60 o 70, posiblemente recuerdes tardes enteras sin nada que hacer, en las que el aburrimiento acababa empujándote a inventar algún juego con lo primero que tenías a mano. Esa infancia con menos vigilancia adulta es la que reivindican algunos psicólogos, que sostienen que su fortaleza no venía de la crianza sino de la independencia cotidiana con la que crecían.

Pero también conviene saber que en ninguno de los artículos se compara directamente a esas generaciones con las actuales. Lo que sí analizan es algo más concreto: qué relación hay entre la sobreprotección de los padres y la salud mental de los hijos, y qué papel juegan el juego libre y la autonomía en el desarrollo infantil.

Lo que dicen 52 estudios sobre la sobreprotección

En 2023 se publicó un interesante metaanálisis sobre sobreprotección y salud mental. Lo firmaron Qi Zhang, de la Universidad de Wisconsin-Madison, y Wongeun Ji, de la Universidad Global de Handong, en Corea del Sur, y en él reunieron los resultados de 52 artículos diferentes. Su objetivo era ver si había un patrón que los estudios sueltos no terminaban de dejar claro.

Y lo encontraron: la sobreprotección parental se asocia con más síntomas de depresión, de ansiedad y de los llamados problemas internalizantes, que son esas dificultades emocionales que se viven hacia dentro, como la preocupación constante, la tristeza o el aislamiento. Eso sí, se trata de asociaciones pequeñas, en participantes con una edad media cercana a los 20 años, por lo que los resultados hablan sobre todo de adolescentes y adultos jóvenes.

Además, según los autores, el tamaño de esa relación era prácticamente igual en diferentes culturas y niveles socioeconómicos. Por lo tanto, pese al patrón, la asociación tampoco demuestra que la sobreprotección cause esos problemas. Por eso, los propios autores se limitan a señalar que sus resultados tienen implicaciones a la hora de diseñar intervenciones.

¿Y qué entendemos por sobreprotección? Pues una intervención constante de los adultos incluso en asuntos menores, del tipo de mediar en cualquier roce con los amigos o meterse en sus tareas del colegio, algo bastante diferente a estar pendiente de tus hijos. De hecho, una revisión sistemática de 2022 firmada por Julia Schønning Vigdal y Kolbjørn Kallesten Brønnick, de dos universidades noruegas, encontró que la mayoría de los 38 estudios analizados relacionaban este estilo de crianza con la ansiedad y la depresión.

Pero los propios autores advierten de que la evidencia es todavía insuficiente, ya que casi todos esos estudios eran transversales y no permiten saber qué va antes. Vamos, que puede que la sobreprotección alimente la ansiedad, pero también puede ser que un hijo ansioso lleve a sus padres a protegerlo más.

Aprender a regularse, y por qué el juego libre importa

Aquí cobra importancia la autorregulación, que es la capacidad de manejar nuestras emociones y nuestro comportamiento sin depender todo el rato de otra persona. Marc Brackett, director fundador del Centro de Inteligencia Emocional de la Universidad de Yale, defiende en un texto sobre su libro ‘Dealing with Feeling’ que la regulación emocional es algo que se aprende por completo y que requiere práctica.

Y ahí es donde aparece el juego libre. En un estudio publicado en 2022, Yeshe Colliver y su equipo utilizaron datos de 2.213 niños del Estudio Longitudinal de Niños Australianos, y según la ficha de la investigación comprobaron que el tiempo dedicado al juego no estructurado entre los dos y los cinco años predecía una mejor autorregulación dos años después.

Y en una línea parecida está el llamado juego arriesgado, ese que tiene un componente de riesgo físico como trepar o alejarse de los adultos. Una revisión sistemática de 2015 liderada por Mariana Brussoni, de la Universidad de la Columbia Británica, encontró efectos positivos sobre diferentes indicadores de salud. Pero de nuevo, sus autores reconocían que todavía hacen falta más estudios de buena calidad para llegar a conclusiones respecto a esto.

Calles con más tráfico y patios con más normas

Pero la autonomía de los niños no depende sólo de lo que decidan sus padres, sino también del entorno en el que viven. Un informe del Policy Studies Institute financiado por la Fundación Nuffield, basado en una encuesta a más de 18.000 niños de entre siete y 15 años de 16 países realizada entre 2010 y 2012, concluyó que el miedo al tráfico era el principal motivo por el que los padres restringían que sus hijos se movieran solos.

Su director, Ben Shaw, aseguraba en la presentación de ese mismo informe que la libertad de movimiento de los niños había ido disminuyendo en las últimas décadas. A esto se suma lo que pasa en los colegios. Un estudio de 2024 en el estado australiano de Victoria comprobó que 42 de las normativas escolares analizadas, el 84% del total, se centraban en gestionar el riesgo y la seguridad, mientras que apenas había políticas que promovieran o protegieran el juego.

Pero por último, también conviene recordar que nada de esto equivale a dejar a los niños sin supervisión como se hacía hace medio siglo. La propuesta pasa más bien por darles oportunidades adecuadas a su edad para tomar decisiones y resolver pequeños problemas por su cuenta, frustraciones incluidas.

Foto | Robert Collins

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