
El actor disfruta de las pequeñas tareas de su granja italiana y cuenta un matiz que conviene recordar antes de convertir su rutina en un consejo para todos
"Nunca soy más feliz que cuando friego los platos", cuenta Willem Dafoe. También disfruta limpiando los excrementos de los animales de su granja, una afición bastante menos fotogénica que un paseo entre olivos. Lo ha contado en el podcast 'Wild Card', donde el actor también confiesa que le gustan esas tareas sencillas y cotidianas en las que sabe qué tiene que hacer y en las que puede seguir unos pasos. Para él es una buena meditación.
Una de sus rutinas favoritas llega al anochecer: guardar a los animales para protegerlos de los depredadores y que puedan descansar y comer. Describe a 35 cabras y ovejas corriendo hacia él cuando va a abrirles su cobertizo, en palabras textuales del actor: "ellos me están ayudando a mí".
"Tengo que aprender mucho". William Dafoe explica que le cuesta pedir ayuda y relaciona esa dificultad con haber crecido asociando la masculinidad a la autosuficiencia. Incluso con una carrera consolidada, hay tareas para las que toca escuchar a otro.
Pero hay una matiz clave. Dafoe admite que, si tuviera que hacer esas tareas constantemente, tal vez no sería igual. Poder alternar importa en su propia explicación.
Para trasladar algo de esa experiencia a nuestros hogares podemos fijarnos en la atención que prestamos a lo que hacemos. El mindfulness, o la atención plena, consiste en observar lo que ocurre dentro y fuera de nosotros en el momento presente. Puede practicarse durante actividades habituales, sin necesidad de sentarse a meditar. Eso permite explorar la idea del actor sin tener que mudarse al campo ni añadir otra actividad a la agenda.
Un comienzo sencillo sería elegir un momento que ya existe en tu día: notar el agua y su temperatura durante la ducha, o comer prestando atención al sabor, sin distracciones. Aplicado al fregadero, podemos probar a fijarnos en el contacto del agua y en el movimiento de las manos mientras lavamos una taza. Una tarea pequeña basta para probar cómo nos resulta.
La mente puede distraerse y acordarse de ese mensaje pendiente. No hace falta regañarse por estar pensando en la compra mientras corre el agua. Tampoco examinarse uno mismo al terminar para comprobar si hemos conseguido relajarnos lo suficiente.
Puedes elegir el momento y comprobar cómo te sienta. Si la práctica te incomoda, no tienes que insistir: hay otras formas de dedicarte un rato, y los platos pueden seguir siendo simplemente los platos.
Foto | Jay Dixit
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