No queremos dejar de leer malas noticias aunque sabemos que nos acaban generando estrés y ansiedad. Así es como el FOMO y el doomscrolling se apoderan de nuestras vidas

Entrar en redes sociales ahora mismo - o leer un periódico - supone una constante exposición a desgracias. Una detrás de otra. Por un lado, las terribles noticias sobre Ucrania, acompañadas en muchas ocasiones de imágenes que no podemos quitarnos de la cabeza en semanas. Por otro, el miedo constante al desabastecimiento, la subida del precio de absolutamente todo y, si queda hueco, nuevas amenazas de una vuelta inminente de las grandes cifras de contagio por COVID.

Es tal el bombardeo de noticias catastróficas y dramáticas que dan ganas de no acercarnos a un teléfono, ordenador o periódico nunca más. Pero, al mismo tiempo, no podemos dejar de mirar y mirar las noticias. ¿Si nos hacen sentir tan mal por qué tenemos esa necesidad constante de estar informados? Por qué nos pasamos horas y horas haciendo scroll en la pantalla de nuestro móvil para seguir absorbiendo información.

Un informe de la American Psychological Association encontraba que más de la mitad de la población de Estados Unidos aseguraba que las noticias les causaban estrés, ansiedad e, incluso, problemas para dormir. Sin embargo, 1 de cada 10 adultos aseguraban revisar las noticias al menos una vez cada hora y hasta el 20% indicaban que miraban constantemente su feed de redes sociales donde podían ver numerosas noticias. ¿Qué fenómenos hay detrás de esta necesidad de estar informados aunque nos genere malestar?

El FOMO podría ser una de las explicaciones

En los últimos años no dejan ser surgir nuevas palabras o acrónimos (casi siempre en inglés) destinados a explicar fenómenos habituales, que no son nuevos, pero que no tenían nombre comunmente aceptado hasta ahora. Este es el caso del FOMO, Fear of Missing Out en inglés o, lo que es lo mismo, miedo a perdernos algo. Esto se aplica, especialmente, al ámbito de las redes sociales y la tecnología.

Básicamente, sería la necesidad de estar pernamentemente conectados, informándonos y comunicándonos con otros digitalmente para no perdernos nada. Pero no solo eso, sino que las investigaciones al respecto señalan que el FOMO desencadenaría también un comportamiento compulsivo con el fin de mantenernos conectados.

Uno de los problemas asociados, precisamente, al FOMO es un mayor riesgo de padecer ansiedad, depresión y menor percepción de calidad de vida, además de un mayor tiempo de uso de teléfonos y otros sistemas de conexión a internet y redes sociales.

Algunas investigaciones han encontrado que el 50% de la población analizada sufría FOMO al menos una vez al mes y el 15% aseguraba sufrirlo de forma semanal. No es de extrañar, por tanto, que muchos de nosotros vivamos enganchados al teléfono y a las redes sociales y no podamos dejar de informarnos aunque nos genere ansiedad.

Acudimos al doomscroolling para reducir la incertidumbre, pero funciona mal

Durante la pandemia empezamos a escuchar hablar del "doomscrolling" o "doomsurfing". Se trata de un término utilizado para describir la necesidad que algunas personas sufren de informarse contántemente - especialmente sobre noticias negativas -.

La diferencia con el FOMO es que no se hace como forma de estar permanentemente conectado y no perderse nada, sino como método para intentar reducir la incertidumbre y miedo que las noticias de desgracias como la pandemia, la guerra, etc. nos pueden generar. El problema es que, aunque en el momento puede dar la sensación de ayudar, a largo plazo no parece ser la opción más adaptativa para tranquilizarnos o aliviar nuestro miedo.

Y es que, aunque en el momento puede darnos cierta sensación de control, esta es irreal. De hecho, mucha de la información que encontramos haciendo doomscrolling es negativa y puede aumentar nuestro malestar y nuestros niveles de ansiedad.

Lo que está en nuestra mano para alejarnos de la sobreinformación

Sabemos que, probablemente, intentar dejar de leer constantemente las noticias y de ver información sobre la situación nos ayudaría a tener menos ansiedad. El problema es que es más fácil decirlo que hacerlo. Si no ya hubiéramos parado.

Una de las cosas que podemos intentar es seleccionar bien los canales por los que nos informamos y, sobre todo, ponernos franjas horarias para hacerlo. Podemos establecer un horario fijo en el que sí podemos mirar redes sociales y noticias. Es posible que, para empezar, necesitemos ponernos dos o tres franjas horarias al día y después ir rebajando poco a poco hasta quedarnos con solo una.

Cambiar el tiempo que utilizamos para estar conectados por actividades diferentes como pasar tiempo al aire libre, salir a caminar, leer un libro, quedar con familia y amigos, o iniciar un hobby también puede ser de ayuda. Cuanto más tiempo pasemos haciendo cosas que nos gustan y nos generan satisfacción, menos tiempo tendremos para dedicárselo a las redes sociales.

Si viéramos que solos no somos capaces, siempre podemos buscar ayuda profesional que nos dé las herramientas necesarias para buscar formas más adaptativas de lidiar con la incertidumbre y la necesidad de conexión.

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