Levantar la voz, gesticular con las dos manos y subrayar cada frase cuando algo te entusiasma suele leerse como enfado, o directamente como mal carácter. La psicología pide más prudencia, según recoge La 100 sobre psicología y voz: el volumen por sí solo no revela la intención de quien habla, y para interpretarlo hay que sumar el tono, el ritmo, las palabras y la situación.
Al hablar no solo viaja información: la voz lleva intensidad, pausas y calidad vocal, y con eso el otro capta cómo se siente quien habla. El estudio de Banse y Scherer de 1996 lo midió con actores profesionales que interpretaron 14 emociones. Analizaron 224 interpretaciones y comprobaron que los parámetros vocales reflejan el grado de intensidad típico de cada emoción, además de distinguir si es positiva o negativa. Según La 100, la tristeza y el aburrimiento se asocian con menos volumen y un ritmo más lento.
Hay una distinción que se pierde en mitad de una discusión: una cosa es la emoción y otra la conducta. La 100 recoge además que la American Psychological Association define la ira como una emoción que va de la irritación leve a la furia intensa, y la agresión como una conducta que busca dañar a una persona o a una cosa. Es decir, se puede estar muy enfadado sin agredir a nadie.
Tampoco el volumen alto es cosa de las emociones negativas. Una revisión de 108 estudios de Kamiloğlu, Fischer y Sauter, publicada en 2020 en Psychonomic Bulletin & Review, describe las voces alegres como fuertes, con mucha variación de intensidad y un tono alto y variable. Es el volumen de una celebración o de una charla sobre lo que te apasiona.
Que el volumen no condene no significa que gritar sea siempre inofensivo. Puede formar parte de una conducta intimidatoria cuando aparece junto a insultos, amenazas o humillaciones, o cuando hay intención de dominar al otro. Por eso la clave es mirar el conjunto: quien cuenta una anécdota a voces no hace lo mismo que quien grita para intimidar, y confundirlos lleva a etiquetar injustamente a alguien o a pasar por alto señales reales de violencia.
Si esas señales aparecen, el 016 del Ministerio de Igualdad atiende de forma gratuita y confidencial a mujeres víctimas de violencia y a las personas de su entorno, con apoyo psicosocial las 24 horas, también por WhatsApp (600 000 016). Si hay peligro inmediato, se llama al 112.
Hay otra razón para no quitarle importancia a la ira. Una revisión de 2014 en European Heart Journal reunió nueve estudios (cuatro sobre infarto o síndrome coronario agudo, dos sobre ictus isquémico, uno sobre rotura de aneurisma intracraneal y dos sobre arritmias ventriculares), y todos encontraron más eventos cardiovasculares en las dos horas posteriores a un estallido de ira que en otros momentos. Son estudios de asociación, no prueban que el enfado provoque el evento, y el riesgo de un estallido aislado es bajo: según la Escuela de Salud Pública de Harvard, uno al mes supone en torno a un infarto extra por cada 10.000 personas al año con riesgo cardiovascular bajo, y cuatro con riesgo alto.
Para los lectores mayores, lo más concreto sale de Montreal. El estudio de Barlow, Wrosch y colaboradores, de la Universidad Concordia, publicado en Psychology and Aging en 2019, siguió a 226 adultos de 59 a 93 años. Entre los mayores de 80, sentir enfado a diario se relacionó con más inflamación y más enfermedades crónicas; entre los de 59 a 79 años no, y la tristeza no mostró esa relación. Es otra asociación, y sus autores proponen educación y terapia para regular las emociones y afrontar las pérdidas.
Foto | Vitaly Gariev
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