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Por qué se despierta nuestro deseo sexual con el calor del verano

Por qué se despierta nuestro deseo sexual con el calor del verano
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Es una pregunta tan visceral que resulta casi obvia: el verano, el calor y el mejor tiempo se asocian al amor. Y también a una mayor actividad erótico sexual. ¿Por qué ocurre esto? La cuestión es compleja.

Lo que sí sabemos es que, efectivamente, ocurre. No es un mito: el calor aumenta la cantidad de relaciones sexuales. Lo han comprobado en diversas ocasiones y los picos de natalidad, unos nueve o diez meses después, lo avalan. Con esto claro, veamos qué nos pasa con el calor del verano.

Es una cuestión hormonal

Como decíamos, ya se ha investigado al respecto y sí: el calor y el verano llevan asociados una mayor actividad sexual, al menos en los países templados y fríos. Según este estudio, en los países tropicales el verano, por el exceso de calor, supone una bajada de este tipo de relaciones. Pero volviendo al tema, la actividad sexual está directamente relacionada con la líbido.

Nuestra líbido, o deseo sexual, es un concepto que ilustra nuestra actitud erótica, ¿no? Podemos estar de acuerdo en que esta aumenta con el calor. ¿Por qué? La primera razón, casi con total seguridad, es hormonal. Con el aumento de las horas de luz, nuestro cuerpo cambia algunos aspectos del metabolismo. Por ejemplo, asociado a la variación del ritmo circadiano está el aumento de testosterona y estrógenos, ambos hormonas relacionadas con la sexualidad.

También se produce más serotonina, uno de los neuroreceptores relacionados con el placer y el bienestar. El equilibrio entre estas, así como la actividad promovida por las horas de luz, nos predispone químicamente a tener una líbido mayor, más apetito sexual y más predisposición por las relaciones románticas.

También es una cuestión de comportamiento

Por supuesto, no podemos achacar una cuestión tan compleja a un mero conjunto de hormonas. La cuestión parece bastante más complicada, algo para lo que la sociología tiene una respuesta más... adecuada: el comportamiento. Con los cambios de tiempo cambiamos también nuestra manera de comportarnos.

Por ejemplo, cambiamos la vestimenta, exponemos más partes del cuerpo, buscamos ropas más atractivas, salimos más fuera, compartimos actividades, nos volvemos más sociables y compartimos más momentos. Nuestra actitud y humor, condicionado por estos cambios fisiológicos de los que hablábamos, impulsan a que nos sintamos más cercanos y activos, más felices.

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En definitiva, somos más proclives fisiológicamente y también etológicamente, en comportamiento. Todo se une para elevar los niveles de líbido y, por supuesto, propiciar los encuentros amorosos, algo que también suma en este aumento del deseo sexual. Por supuesto, esto no sirve cuando hablamos de demasiado calor.

El exceso, o hipertermia, puede provocar una actitud contraria, desidiosa. De hecho, como decíamos antes, esto mismo es lo que se observa en los países tropicales cuya actividad sexual, indicaba el estudio anterior, parece descender en los meses más calurosos.

No nos olvidemos de las feromonas

Si los seres humanos usamos o no feromonas es una cuestión más que discutida. Sabemos que nuestro órgano vomeronasal está atrofiado y que carecemos de un bulbo olfatorio accesorio. Uno u otro serían los encargados de captar las feromonas, unas hormonas efímeras y volátiles dedicadas a emitir señales.

Mientras que otros mamíferos, y primates, sí que usan este tipo de señalización para indicar un estado de ánimo o disposición, los seres humanos no parecemos capaces de ello. Excepto porque sí que lo somos, según algunos estudios. Estos han comprobado que sí que somos capaces de recibir estas señales, permitiéndonos distinguir entre un hombre y una mujer, por ejemplo.

Por desgracia, nunca hemos encontrado hormonas relacionadas directamente con la disposición sexual en seres humanos. Sin embargo, tal vez esto se deba a nuestro estado de la técnica o a la naturaleza de estas feromonas. Lo que queda clarísimo es que somos los primates con más glándulas sebáceas de todos, y no tenemos pelo, pero sí una cantidad de grasa en la piel bastante significativa.

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Esto sería una buena señal para la emisión de feromonas. Al estar más destapados durante el verano, probablemente, si es que lanzamos feromonas al aire, la cantidad de superficie descubierta, añadida al calor que ayude a producir más sudor y volatilizar las feromonas serían suficientes para aumentar sus efectos.

En definitiva, si hay feromonas que nos ayuden a aumentar la líbido, el verano y el calor seguro que las promueven. Pero, como ya hemos dicho, no tenemos pruebas reales de que esto ocurra. En cualquier caso, está claro que el verano es una época que se llena de alegrías, sea por las feromonas, las hormonas o cualquier otra razón.

Imágenes | Unsplash

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