Arthur Brooks, profesor de Harvard: por qué después de los 40 se pierde rapidez mental y se gana otro tipo de inteligencia

El académico defiende que el declive de la agilidad mental en la madurez coincide con el auge de una inteligencia basada en la experiencia. La ciencia le da la razón en lo esencial, aunque con matices

Arthur Brooks
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Redacción Vitónica

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Con la edad solemos pensar que vamos perdiendo facultades, sobre todo en el trabajo. Arthur C. Brooks, profesor de la Harvard Kennedy School y de la Harvard Business School, propone otra forma diferente de verlo: no perdemos inteligencia, sino que cambia el tipo de inteligencia en la que destacamos.

Brooks lleva años defendiendo esta idea. La planteó en 2019 en un ensayo muy difundido de The Atlantic, Your Professional Decline Is Coming (Much) Sooner Than You Think, que significa “Tu declive profesional llegará (mucho) antes de lo que piensas”. Luego la desarrolló más ampliamente en 2022 en su libro From Strength to Strength, y ahora la ha resumido en un videopodcast difundido en Instagram.

Dos formas de ser inteligente

La tesis de Brooks parte de un modelo clásico de la psicología: la distinción entre inteligencia fluida e inteligencia cristalizada que formulada por el psicólogo británico Raymond Cattell.

La primera es la que permite razonar y resolver problemas nuevos con rapidez. “Las personas de menos de unos 40 años tienen mucho de lo que se llama inteligencia fluida. Es la memoria de trabajo, la capacidad de concentrarse, la resolución de problemas”, explica Brooks. Según él, es lo que hace que quienes aún no han llegado a esa edad sean mejores en lo que hacen como individuos.

La segunda consiste en aprovechar lo que ya sabemos: el conocimiento y la experiencia que hemos ido acumulando. No aparece de repente a los 40, sino que la vamos construyendo desde la infancia, y es en la madurez es cuando más empieza a pesar. Brooks lo ilustra con el ejemplo de tener “una enorme biblioteca en la cabeza” y saber utilizarla.

Lo que se pierde y lo que se gana con los años

Según Brooks, la inteligencia fluida “alcanza su pico hacia los 39 años”. Esta es una cifra algo más tardía que la que él mismo daba en 2019, cuando situaba el declive a partir de principios de los 30, y también que la que muestran los estudios. Pero sea cual sea el momento exacto, el efecto que describe es reconocible: “Lo que antes era fácil ahora es difícil, lo que antes era difícil ahora parece imposible, y te cansas de no avanzar”.

Brooks cree que ahí está la explicación de que mucha gente empiece a sentirse quemada “a mediados de los 40”. Quienes intentan mantener el nivel “en aquello en lo que antes eran buenos y en lo que los jóvenes todavía lo son” acaban frustrados, y eso, dice, “es muy deprimente para ellos”. Pero esta relación con el burnout es una interpretación suya, ya que la OMS define el síndrome de desgaste profesional como el resultado del estrés laboral crónico que no se ha gestionado bien, no como una consecuencia del envejecimiento cognitivo.

Pero mientras una curva baja, la otra sube, y tras el declive de la inteligencia fluida Brooks ve el crecimiento de la inteligencia cristalizada. A su juicio, esta “crece astronómicamente durante los 40 y los 50, y se mantiene alta en los 60, los 70, los 80 y más allá”, siempre que la salud acompañe. Y no tiene que ver con la innovación, la memoria de trabajo, ni una concentración infatigable, sino “con la capacidad de enseñar, el reconocimiento de patrones, el coaching y la mentoría”.

Qué dice la ciencia

Las investigaciones que se han hecho al respecto respaldan la idea general, aunque con más matices que los del discurso de Brooks. Un estudio de Joshua Hartshorne y Laura Germine publicado en 2015 en Psychological Science analizó a casi 50.000 personas y comprobó que cada capacidad cognitiva alcanza su máximo a una edad distinta. Según el resumen de la Association for Psychological Science, la velocidad de procesamiento toca techo hacia los 18 o 19 años y la memoria a corto plazo hacia los 25. Es decir, no hay un único pico de la inteligencia fluida en general a los 39 años, sino que cada una de nuestras capacidades tiene un calendario propio.

En el otro extremo está el vocabulario, la medida habitual de la inteligencia cristalizada, que no alcanza su pico hasta finales de los 60 o principios de los 70. Esa edad tampoco es fija. Con datos de 1974 a 1987, el pico estaba a principios de los 40, y los autores atribuyen el retraso a cambios sociales como el aumento de la formación y del trabajo de oficina.

Hay otro matiz importante: lo que se gana no compensa automáticamente lo que se pierde. Un estudio longitudinal dirigido por Elliot Tucker-Drob en 2022 observó que quienes más pierden en capacidades fluidas también ganan menos en las cristalizadas, mientras que quienes apenas pierden agilidad mental son los que más conocimiento acumulan. El envejecimiento cognitivo tiende a afectar a todas las capacidades a la vez, así que pasar de una curva a otra es una simplificación útil, pero no se cumple igual para todo el mundo.

De innovador a instructor

La conclusión de Brooks es más un consejo vital que una ley científica: adaptar la carrera a las capacidades de cada etapa. Él lo resume en una frase: “Sé el innovador cuando tengas 30. Sé el instructor cuando tengas 60”.

La propuesta encaja con otros datos que el propio Brooks citaba en su ensayo de 2019. Las investigaciones de Dean Keith Simonton indican que el éxito y la productividad crecen durante unos 20 años desde el inicio de la carrera, de modo que quien empieza a trabajar en serio a los 30 alcanza su mejor momento hacia los 50.

A partir de ahí, la clave está en apoyarse en lo que mejor envejece: la experiencia, el criterio y la capacidad de transmitir lo aprendido. Es en ese terreno, según Brooks, donde uno se vuelve “muy, muy bueno”.

Imagen de portada | Gage Skidmore

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