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Tabaco, obesidad y la relación que existe entre ambos

Tabaco, obesidad y la relación que existe entre ambos
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Hoy, 31 de mayo, celebramos el Día Mundial sin Tabaco, una jornada que nos invita a reflexionar sobre los peligros que tiene este extendido hábito en nuestra salud. Pero no solo en los pulmones.

Fumar está relacionado con todo tipo de enfermedades, además del cáncer: enfermedades respiratorias crónicas, diabetes y, sí, también, obesidad. Esto tiene, además, terribles consecuencias en nuestro corazón.

Tabaco y obesidad, una relación más que comprobada

Tabaco y obesidad suelen ir de la mano. "Pero no todo el mundo que fuma tiene sobrepeso", pensaréis. Por supuesto que no. Somos más de 7.000 millones de personas en el mundo. Pero las estadísticas no engañan: los fumadores tienen mayor riesgo de padecer obesidad (aunque con matices). Más sorprendente aún es la relación inversa: las personas con obesidad tienen mayor tendencia a fumar.

En cualquier caso, la relación no hace más que reiterarse: obesidad y tabaco son un dueto inseparable, por uno u otro camino, al final se encuentran. Pero, ¿por qué razón? Existen muchísimos factores, muy complejos para determinarlos de manera simplista.

Los estudios más recientes han mostrado una relación entre el aparatado genético y la tendencia a la obesidad y a fumar. Según estos, los genes de ciertas personas juegan un papel fundamental en la intensidad y frecuencia del consumo de tabaco. Al contrario de otros comportamientos atribuibles a un factor psicológico, aquí entraría en juego el factor fisiológico. En otras palabras, la necesidad de sentir "el placer" (en realidad es la recompensa) que provoca el tabaco.

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Por otro lado, el tabaco también influye en otros factores como es la resistencia a la insulina y la distribución de la grasa. Por si fuera poco, reduce la capacidad pulmonar y la resistencia física de las personas. En su conjunto, el tabaco es un excelente promotor de la obesidad, mientras que la obesidad es un excelente promotor del tabaco.

¿Qué enfermedades promueve?

Pero adentrémonos un poco más en las tenebrosas luces del tabaquismo. ¿Qué es capaz de producir su consumo? Todo el mundo relaciona el tabaco con el cáncer de pulmón, una consecuencia directa de los componente químicos que se emplean para tratar el tabaco, así como los compuestos inhalados con el humo. Pero no solo puede provocar cáncer de pulmón.

El tabaco provoca también cáncer de garganta, faringe, y hasta cáncer de hígado. Pero no se queda ahí. Sabemos que el tabaco es capaz de provocar una resistencia a la insulina que derive en diabetes, tanto en adultos como en bebés en gestación.

Otro de los grandes males del tabaco consiste en la multitud de cardiopatías que pueden terminar en un ictus. Por supuesto, los pulmones son afectados de manera directa, por lo que promueve enfermedades respiratorias para todos los gustos: neumonías, bronquitis, otras infecciones y hasta afecciones más graves.

No podemos dejar de hablar del tabaco sin mencionar la adicción que provoca, que de por sí es un síntoma de una enfermedad. Tampoco podemos olvidar que fumar no solo daña a quien fuma, sino a todo aquel que le rodea, especialmente a los más jóvenes. Gran parte de los peligros que padece un fumador directo son transmitidos a los fumadores pasivos. Y estas líneas son solo el principio de todos los males asociados al tabaco.

¿Qué beneficios tiene dejar de fumar?

Pero dejemos de lado los problemas y centrémonos en algo más positivo: ¿qué tiene de bueno dejar de fumar? Muchísimo. Pero seamos más concretos. ¿En qué se nota, de manera inmediata, dejar de fumar? En primer lugar, los efectos se aprecian directamente en nuestro corazón.

El ritmo cardíaco y la presión arterial, por ejemplo, se atenúan. La relación entre presión arterial alta, sobrepeso y tabaco está más que demostrada. Cuando dejamos de fumar, esta comienza a regularse de forma inmediata, ayudando a reducir las posibilidades de sufrir un ataque cerebrovasculares.

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Otra consecuencia inmediata es el descenso de monóxido de carbono en sangre. Sí, este terrible veneno, cuya concentración necesaria para matar a una persona es de partes por millón, está presente en nuestra sangre procedente de la combustión del cigarrillo, y en una concentración mayor de la que pensamos. Un efecto inmediato es reducir dicha concentración, permitiendo un transporte más eficiente del oxígeno.

En otras palabras, menos cansancio, menos fatiga y menos problemas respiratorios. Además de las ventajas directas, también encontraremos otras a medio y largo plazo. Con el tiempo, se recupera parte de la capacidad pulmonar, la capacidad de actividad y se regula mejor el peso. A los pocos años de haber dejado de fumar, se tiene un menor riesgos de sufrir un cáncer, de enfermedades cardíacas y de otras enfermedades crónicas. Eso por no hablar del dinero que nos ahorraremos. En definitiva, dejar de fumar es lo mejor que podría pasarnos, desde cualquier punto de vista, incluyendo el perder peso.

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