Nuestro organismo no sabe sobrevivir a nuestro estilo de vida

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Nos estamos auto-enfermando. El proceso de civilización ha cambiado el estilo de vida vertiginosamente y lo sigue haciendo a pasos agigantados. No obstante, el ser humano como ente fisiológico sigue siendo el mismo que hace 200.000 años.

Nos hemos autodenominado “animales racionales” y pensamos que nos hemos diferenciado por completo del reino animal, pero nada más lejos de la realidad. Nuestra fisiología corporal es idéntica a la de nuestros antepasados. Esto supone un grave problema ya que los patrones que rigen nuestra fisiología chocan de forma agresiva con el estilo de vida y la conducta de las personas del siglo XXI.

Nuestra fisiología no ha cambiado pero las personas sí

Aunque afortunadamente la medicina avanza vertiginosamente y está ahí para paliar al enfermo, esta forma de ser del hombre moderno le conduce inevitablemente a la enfermedad. Y esto ocurre cada vez más y más. El gasto energético en la era moderna ha ido decreciendo y sigue ocurriendo a medida que la tecnología y los avances nos facilitan la vida.

Una persona de nuestros días tiene un gasto de 500 kcal menos que hace cincuenta o sesenta años. Este número aumenta si volvemos más atrás en el tiempo cuando aún éramos nómadas y nos pasábamos todo el día moviéndonos de un lugar hacia otro.

Un claro ejemplo es la aparición de ciertas enfermedades como la gran epidemia del siglo XXI, la obesidad, provocada principalmente por una conducta inadecuada fruto de un aumento desmesurado de la ingesta energética y una disminución extrema de los niveles de actividad física.

Hace 100.000 años la disponibilidad de alimentos era más limitada de manera que la ingesta energética era menor. Esto suponía llevar un estilo de vida nómada, completamente activo buscando constantemente nuevas fuentes energéticas. Fue la fase de recolección del ser humano, la que ha abarcado la gran mayoría de nuestra existencia.

Sin embargo, las facildiades con las que vivimos en nuestra era nos han convertido en personas completamente sedentarias, lo cual ya de por sí supone un gran problema para nuestra salud. Por si fuera poco, la disponibilidad energética se ha multiplicado de forma abrumadora, al menos en los países desarrollados, y sobre todo en alimentos con una gran densidad energética y poco saludables.

Este comportamiento es absolutamente nuevo y es el desencadenante de numerosas enfermedades. Somos de las únicas especies, junto con los animales domesticados, que no realizan una inversión de gasto energético para la búsqueda de alimentos.

Tenemos esa disponibilidad energética a cualquier hora del día. Podemos levantarnos a las 3 de la mañana, caminar hasta el frigorífico e ingerir un alimento con un valor de 500 kcal fácilmente. La conclusión es intuible, el desequilibrio fisiológico es descomunal.

Cualquier otra especie debe de realizar un gasto energético para la busqueda de alimentos, ya sea caza, recolección, etc. El hecho de no hacerlo de esta forma influye en nuestro equilibrio hormonal, como por ejemplo un aumento de la resistencia de la insulina.

De ahí que debamos de imitar el comportamiento fisiológico adecuado. Tenemos que ser conscientes del mundo en el que vivimos y utilizar las mejores herramientas. Lo que está a nuestro alcance es poder realizar ese gasto energético antes de una ingesta energética.

¿Podemos mejorar esta situación?

Una herramienta eficaz para paliar lo antes mencionado es realizar ejercicio. Un ejemplo, el entrenamiento con cargas, es decir, con pesas, mejora de forma significativa la sensibilidad a la insulina. Es fácil intuir que nuestro organismo después de la practica de ejercicio físico aprovecha en mayor medida el aporte de nutrientes y energía.

Un músculo “hambriento” aprovechará toda la glucosa ingerida para almacenarla en forma de glucógeno muscular más que un músuclo que no ha realizado ningún gasto energético y no se ha vaciado, o que un músculo que ya tiene sus depósitos llenos. De igual forma pasará con las proteínas y grasas.

Imagen I Tobyotter

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