El deporte y el botellón no son una buena combinación

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Que el deporte y el alcohol no se lleven muy bien parece obvio pero lo mejor es conocer la causa para así poder actuar con responsabilidad. Como ya es conocido, el alcohol estimula la micción por encima de los niveles normales, facilitando la pérdida de líquidos. Sólo son necesarias dos cervezas para empezar a sufrir este efecto.

El problema no es solamente que se pierda líquido, sino cuándo se pierde. El periodo posterior a la práctica del ejercicio es especialmente sensible a la deshidratación, ya que los tejidos musculares suelen sufrir microroturas que deben recuperarse, así como cúmulos de desechos metabólicos que se deben reabsorber (como ya se comentó en Vitónica, éste es el origen de las agujetas).

La falta de hidratación en este periodo de recuperación provoca que las microroturas se fibrosen, apareciendo en el tejido muscular puntos inelásticos que facilitan nuevas roturas posteriormente. Es decir, que la posibilidad de que un deportista con una mala hidratación tenga roturas de fibras es alta, y la ingesta de alcohol después de prácticar deporte sería una fórmula que lo empeoraría.

En este marco, las bebidas alcoholicas “ligeras”, con pocos grados pero que se beben en grandes cantidades, son especialmente peligrosas ya que aumentan todavía más las ganas de miccionar. Así que, como decía en el pareado del título (ha sido sin querer), si te vas a ir de copas no lo hagas después de entrenar.

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