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Sudor en verano: la importancia de una incomodidad necesaria

Sudor en verano: la importancia de una incomodidad necesaria
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Llega el calor y, con él, el sudor. Empieza, normalmente, por la axila, continúa por la espalda y, a medida que el verano se acerca, se apodera irremediablemente del cuerpo. Ni los pantalones más cortos ni las camisetas más vaporosas pueden librarse de él.

Pero, vamos a ver, ¿para qué demonios sudamos? ¿A quién se le ocurrió diseñar un cuerpo que no para de transpirar líquido, manchando nuestro atuendo cada dos por tres? Hoy nos toca hablar de una de las cosas cotidianas de la vida: el sudor.

¿Por qué sudamos?

No, en serio, ¿para qué sirve? Si fuéramos perros no nos haríamos esta pregunta. Los canes carecen de glándulas sudoríparas. La gran mayoría del calor sobrante lo expulsan por la boca. Esto nos lleva a la primera cuestión: el sudor sirve, principalmente, para regular nuestra temperatura, ni más ni menos.

Cuando el agua se evapora consume energía. El paso de líquido a vapor requiere de un aporte energético adicional conocido como "calor latente" de vaporización. ¿Y de dónde saca el agua ese calor latente? En el caso del sudor, del calor corporal, obviamente.

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Este calor lo recibimos del entorno, porque hace calor, porque nos está dando el sol o porque estamos generándolo haciendo ejercicio. En cualquier caso, nuestro cuerpo está preparado para "abrir las compuertas" del sudor en el momento en el que una parte está sometida a una temperatura excesiva.

Las glándulas sudoríparas, que podríamos decir que son una variación de las glándulas sebáceas, comienzan a excretar agua con algunas sales minerales con la intención de rebajar la temperatura. De esta manera, el calor interno comienza a salir hacia el exterior, rebajando la temperatura total. Si no fuera así, "podríamos cocernos en nuestra propia salsa", como diría algún irresponsable del lenguaje.

Para qué no sirve sudar

Ya sabemos para qué sirve, pero existen numerosos mitos al respecto. ¿Para qué no sirve sudar? Por ejemplo, sudar no sirve para excretar un exceso de sales. A pesar de este extendido mito, desde hace mucho tiempo se sabe que la composición del sudor contiene varias sustancias además del agua. También sabemos que se puede detectar en él algunas drogas, medicamentos y hasta alcohol.

Pero eso no significa que el sudor sirva par eliminar estas sustancias. No "sudamos" alcohol, en el sentido de que lo eliminamos por la piel, al igual que tampoco ocurre con el resto de compuestos de los que hablamos. Por supuesto, tampoco "sudamos las toxinas", como muchos vende milagros pretenden hacernos creer.

Por otra parte, una idea súper extendida es que el sudor es un sinónimo de adelgazar. No lo es. Y mucho menos en verano. Sí que se puede perder peso por la pérdida de agua (cosa que no es positiva), pero sudar no implica perder grasa en ningún caso. Sí que existe una relación, y es que cuando hacemos ejercicio intenso, y generamos calor, sudamos más. Pero no al revés: sudar no implica estar haciendo ejercicio intenso y, por tanto, adelgazar.

Así que, resumiendo de nuevo, ¿para qué sirve el sudor? Su función en el cuerpo es, casi exclusivamente, regular la temperatura: no sirve para eliminar desechos o sustancias, ni mucho menos toxinas, y eso incluye la grasa.

Un sudor que huele muy fuerte

El sudor, en sí, no debe oler a menos que contenga alguna sustancia concreta (como podría ser un poco de alcohol, o restos cetónicos). Sin embargo, como decíamos, su composición es compleja y permite que los microorganismos se aprovechen de la humedad y los restos que transporta. Estos son los verdaderos causantes del mal olor.

El olor de nuestro sudor es, en realidad, el desecho de estos microorganismos 

Todos los seres humanos llevamos una especie de zoo microbiológico encima. Es lo que se conoce como microbiota (de la piel, en este caso). Entre estos organismos, algunos son capaces de aprovechar los restos del sudor para producir sustancias varias como fruto de su metabolismo. En otras palabras, el olor de nuestro sudor es, en realidad, el desecho de estos microorganismos.

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Nuestra microbiota es una huella única, parte inseparable de nuestra piel. Por mucho que lavemos o que nos pongamos perfume y desodorante no podremos deshacernos de ella ni de sus efectos, aunque sí que podemos mitigarlos. La interacción entre ellos y nuestras secreciones provoca olores característicos particulares.

En algunos casos, el olor puede ser muy intenso. Se conocen estos casos como bromhidrosis, y se relaciona el olor con la composición del sudor y de las bacterias que habitan nuestra piel. Aunque no tiene por qué estar relacionado con el olor, otro fenómeno molesto es la hiperhidrosis, o el exceso de sudor. En ambos casos se pueden tomar algunas medidas para tratar de reducir sus efectos.

¿Podemos reducir el sudor?

Comencemos con la hiperhidrosis: aunque no llega a ser un problema peligroso, en principio, sí puede resultar muy molesto. La hiperhidrosis tiene varios tratamientos posibles, con una solución de cloruro de aluminio, que es un antitranspirante, y que puede servir para el sudor axilar.

Entre las medidas más drásticas está la toxina botulínica (o botox) tipo A, que bloquea las glándulas sudoríparas donde se inyecta. La iontoforesis consiste en pasar una corriente eléctrica de bajo voltaje que hace que las proteínas superficiales de la piel se coagulen y bloqueen parcialmente los conductos sudoríparos.

Existen algunos medicamentos orales, como el glicopirrolato y la oxibutinina, o, por último, el tratamiento quirúrgico. Existen varios procedimientos, algunos más o menos invasivos, para tratar su exceso y, con él, su mal olor. No obstante, depende mucho de la persona.

¿Y se puede tener algún tipo de prevención? En realidad, para los casos de hiperhidrosis y bromhidrosis, no. Si son patologías, poco podemos hacer, aunque sabemos que un control de peso y una alimentación adecuada puede ayudar en este último. Por otra parte, una higiene correcta también nos ayudará a regular el mal olor, aunque en el caso de sufrir un problema serio no tendremos más opción que recurrir a un médico.

Imágenes | Unsplash

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