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He pasado 30 días practicando Yoga y así ha mejorado mi flexibilidad, mi fuerza y mi respiración
Entrenamiento

He pasado 30 días practicando Yoga y así ha mejorado mi flexibilidad, mi fuerza y mi respiración

El Yoga siempre me ha llamado la atención y durante los últimos años he practicado de manera ocasional Yoga en mi casa, pero nunca de manera estable o continuada. Sin embargo, este 2020 me había propuesto comenzar una actividad física o deporte y continuarlo de manera estable.

Por ello, este último mes he estado llevando a cabo un reto de 30 días de Yoga. Concretamente, Yoga with Adriene cuenta en su canal con varias listas de reproducción para llevar una práctica continuada durante un mes. Se tratan de prácticas que pueden hacer tanto principiantes como yoguis más avanzados.

La idea detrás de estas rutinas es conseguir empezar a practicar todos los días y seguir haciéndolo después de que acabe el mes. Personalmente, conmigo ha funcionado y después de estos 30 días seguiré con otra de las rutinas del canal. Y es que los beneficios obtenidos y las mejoras han sido sorprendentes.

El primer cambio que noté: la flexibilidad

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La flexibilidad nunca ha sido uno de mis rasgos físicos, al menos no una vez que superé los 10 años. Se trata de algo que comparto tanto con mi madre como con mi hermana, ya que ellas tampoco son naturalmente flexibles. La mayor parte de mi vida adulta la he pasado sin poder tocar el suelo con las manos manteniendo las piernas extendidas por completo.

De igual modo, si me sentaba en el suelo con las piernas estiradas y adelantaba el cuerpo para intentar alcanzar los pies con las manos, solo era capaz de llegar hasta la mitad de la tibia. Por eso, han resultados sorprendentes los avances tan rápidos en la flexibilidad al comenzar a hacer Yoga.

El primer día de práctica, manteniendo las piernas estiradas al intentar tocar el suelo con las manos, me quedaba a seis centímetros del suelo. En alrededor de 10 días ya era capaz de alcanzar prácticamente el suelo y, 30 días después, ya casi alcanzo a meter los dedos de las manos debajo de los dedos de los pies.

Mi movilidad en la cadera y en la cintura también ha aumentado de manera sustancial y con ello ha mejorado la manera en la que me siento, mi capacidad para mantener la espalda recta y ha disminuido la sensación de rigidez corporal - que no sabía que tenía hasta que empecé a ser más flexible -.

Más fuerza y definición

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Una de las cosas que se dice sobre el Yoga es que es solo hacer posturas y estirar. La realidad es que, una vez que empiezas a practicarlo, puedes darte cuenta del trabajo de fuerza y resistencia que conlleva, haciendo uso del peso corporal.

Inevitablemente, esto se acaba notando en nuestro cuerpo. Treinta días son pocos, pero ya he podido percibir algunos cambios sustanciales. Para empezar, mis muñecas se han visto enormemente fortalecidas. Los primeros días me dolían al hacer algunas posturas y no aguantaban. Ahora mismo es raro que note molestias con las posturas habituales.

Además, a pesar de que no he ganado peso - y sí he disminuido volumen en algunas zonas - las muñecas se me han ensanchado ligeramente. Al comenzar podía rodearlas con el pulgar y el meñique de la otra mano, mientras que ahora no es posible. Probablemente se trate del efecto de haber ganado fuerza en ellas.

Otra de las zonas corporales en las que he notado más cambio tanto en fuerza como en definición es en los brazos. Estos han sido siempre mi punto débil. Es la zona del cuerpo en la que menos fuerza tengo y donde siempre he tenido menos definición. Después de 30 días he ganado fuerza en ellos: al comenzar no podía hacer ni una sola flexión y ahora puedo hacer varias seguidas - aunque siguen sin ser muchas -.

Además, tanto a la vista como al tacto, los brazos están más tonificados, han reducido volumen y se empieza a vislumbrar la forma del bíceps y del tríceps. La musculatura del core, y en concreto el recto del abdomen son otra de las zonas en las que más ganancia de fuerza y tonificación he notado.

El Yoga me está enseñando a respirar

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Como persona asmática desde pequeña - y además con un trastorno de ansiedad - la forma de respirar no es mi fuerte. Mi respiración siempre ha tendido a ser muy superficial y corta. Es decir, inspiro de manera muy corta y únicamente desde el pecho, sin llegar a mandar el aire al diafragma o a la barriga.

Esto era un problema durante los primeros días de la práctica de Yoga, ya que al hacer la inspiración tan corta no me daba tiempo a acompañar el movimiento con mi respiración y no era capaz de dirigir el aire hacía la zona que yo quería.  Sin embargo, durante estos 30 días, la práctica ha incluido entrenamientos de la respiración concretos y, con el ejercicio regular de intentar sincronizar respiración y movimiento, mi inspiración se ha alargado.

También mi habilidad para dirigir el aire hacia las zonas que quiero, mejorando mi capacidad para inspirar de manera diafragmática y no tanto superficial. La respiración es algo innato, pero que se puede entrenar y yo estoy aprendiendo a respirar.

La sensación de logro a nivel psicológico

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Durante estos días de práctica, especialmente al principio, hay posturas que me han resultado especialmente complicadas. O bien porque era difícil hacer la postura en sí misma o bien porque mantenerla era demasiado exigente y no tenía todavía la fuerza o estabilidad como para hacerlo.

Ver los avances día a día, conseguir hacer una postura que al principio no podía, o observar como era capaz de sostener posiciones que antes no, me ha dado una gran sensación de logro. La satisfacción al conseguir superarme y el nuevo aprecio por lo que mi cuerpo es capaz de hacer, ha impactado directamente en mi autoestima.

Además, el hecho de pasar 30 días haciendo actividad física, realizando la práctica de manera consistente a pesar de no apetecerme, o de estar cansada o desmotivada, también ha sido fuente de un aumento en la sensación de logro.

Los cambios que no me esperaba

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Aunque hay beneficios de la práctica de Yoga que sabía que podían ocurrir, como la mejora de la flexibilidad o el fortalecimiento del cuerpo, pero también han ocurrido otros que no me esperaba.

El más sorprendente - y uno de los más rápidos - es el cambio en mis pies. El puente de mi pie es muy pronunciado y me provoca que este tenga menos estabilidad. Por lo que tiendo a pisar con la parte exterior del pie y mis dedos suelen estar encogidos para ganar sujeción.

Esto ha provocado que tenga durezas en los dedos y los zapatos me hagan daño y heridas de manera habitual. Sin embargo, con la práctica de Yoga una de las cosas en las que te guían es en asegurarte de estirar bien los dedos de los pies para realizar asanas como la montaña o Tadasana.

En pocos días ya podía ver como, en mi día a día, mis dedos estaban más estirados de lo habitual. Con el paso de los días y el avance en la práctica, no solo los dedos están más estirados, sino que también lo está el pie. La curva de mi puente se ha reducido un poco mejorando la posición de mi pie y aumentando mi estabilidad.

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Imágenes | iStock

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